En un metro cualquiera de Barcelona, solo hizo lo que haría por cualquier ser humano, nada extraordinario. A nuestro alrededor, la ya acostumbrada indiferencia de los demás; ojos bajos, oídos sordos y pasos rápidos.
Continúa su camino, baja las escaleras, charla conmigo. No le ha dado importancia, no se ha detenido a pensar que lo que hizo no era tan común. Pero allí abajo le esperaba aquel hombre de la Tierra, unos hermosos ojos sonrientes que le buscaban para regalarle una muestra de humanidad, un secreto a voces escondido para ojos bajos, oídos sordos y pasos rápidos:
No somos de cartón. Somos de piel, hueso y amor. No somos invisibles, ni egoístas, ni indiferentes. Y cuando alguien nos mira, nos mira como al igual, sentimos que detrás de cada vida hay un mismo sentido. Porque somos el devenir, la suerte nos designa y algunos conformistas caminan sin saber para qué.

